Numisma litterarum Latinarum comparatarum

Dos palabras para explicar el título

La Oficina de Graduados del Colegio Nacional de Buenos Aires difundió en 2025 un excelente documental con un título original: Al maestro con cariño: homenaje a los profesores de hoy y de siempre, en el que recordaron a dos profesores de latín: Isaías Lerner y Carlos Ronchi March.

Además, el 17 de septiembre de 2026, en el Día del Profesor y de la Profesora en el que se conmemora a José Manuel Estrada, la Oficina de Graduados difundió en las redes sociales fotos inéditas de Aída Barbagelata, Corina Corchón, Isaías Lerner y Marta Royo, cuatro profesores de latín que, entre todos, enseñaron a alumnos del Colegio durante siete décadas, fotos que suscitaron un entusiasmo inesperado de graduadas y graduados.

Un entorno tan favorable al latín, me lleva a compartir este relato que destaca el impacto que tuvo el latín tuvo en mi vida personal y profesional. En este año 2026, se cumplen exactemente 55 años dede que, en 1971, el Colegio Nacional de Buenos Aires me otorgó una medalla de oro como recompensa de mi participación en un certament de literatura latina comparada, lo que reza el título de esta nota: Numisma litterarum Latinarum comparatarum.

El premio Fraboschi 1971

Al inicio de 2026, con Bettina Renée, la hija de Lía Schwartz e Isaías Lerner, pasamos por el Colegio. Matías Butelman, un colaborador de la Oficina de Graduados compartió la versión digital de mi legajo personal donde se conserva fotocopia de la comunicación del Rectorado del Colegio, de agosto de 1972, por la que se me notificaba que había ganado el premio “Juan Ángel Fraboschi” correspondiente al año 1971 (documento 1 del anexo).

Poco después, en Valencia, donde vive Ariel, mi hijo mayor, me encontré con otra colaboradora de la Oficina de Graduados, Flavia De Micheli quien completó las informaciones sobre el premio Fraboschi dándome copia de la Resolución núm. 43 de agosto de 1972. En esa resolución, se mencionan los elementos positivos que dieron lugar a que el jurado decida acordarme el premio, además de dejar sentadas algunas carencias de mi trabajo. La resolución permite conocer la composición del jurado y otros elementos relacionados con el concurso (documento 2).

En mi correspondencia con Isaías encontré tres referencias al premio Fraboschi: un párrafo de la carta de septiembre de 1971 que cuenta mi participación en el concurso (documento 3), una elegía mecanografiada de Ovidio que agregué a la carta de septiembre de 1971 (documento 4) y un párrafo de diciembre de 1972 que muestra que mis conocimientos de latín jugaron un papel decisivo para aprobar un examen oral de derecho penal en la Facultad (documento 5).

1971: el año del Premio, último en el Colegio

Un mes después del Golpe de Estado de junio de 1966, los militares intervienen la Universidad y provocan la cesantía de los profesores y de las profesoras que se negaron a avalar la pérdida de la autonomía universitaria y a seguir enseñando en esas condiciones. Al año siguiente, Isaías y Lía se instalan en Estados Unidos lo que provocó una avalancha de correspondencia entre la familia que se había quedado en Buenos Aires y los tíos.

A mis tíos, escribí de manera constante sobre temas escolares, universitarios, familiares y profesionales. Recién en 1986, sin perder intensidad, los intercambios en papel fueron sustituidos por correos electrónicos y llamados telefónicos.

Algo más de contexto:

  • Aunque la enseñanza en el Colegio era considerada una tarea pesada para los alumnos, yo mantuve una escolaridad paralela, por las tardes, concurriendo a la escolaridad judía. Así fue que tuve la oportunidad de participar, entre diciembre de 1970 y febrero de 1971, en un curso especialmente diseñado para egresados de las escuelas judías auspiciado por el Consejo de Educación de la AMIA y las entidades educativas israelíes.
  • Al regresar de Israel, en marzo de 1971, empezó el Sexto año del Colegio. Si aprobaba el año escolar, con el certificado de estudios del Colegio, era suficiente para inscribirme en el primer año de la Universidad.
  • Durante ese curso, el profesor Roberto M. Vernengo, nos propuso estudiar un libro de Hans Kelsen, la Teoría Pura del Derecho. Eudeba había traducido en 1960 la versión francesa de la Teoría pura, revisada y actualizada por Kelsen y publicada en Neuchâtel. Kelsen, exiliado tras la llegada del nazismo al poder, era profesor en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra y durante ese período publicó, en mayo de 1934 y en alemán, la primera edición de la Teoría pura.
  • Las clases de Vernengo y la Teoría pura fueron decisivas para que optara por la carrera de derecho y me empecinara en hacer una carrera de jurista en un organismo internacional.
  • Con Aída Barbagelata, la directora del Departamento de Latín, conservamos una relación privilegiada, hablábamos por teléfono y la visitaba en su departamento de Belgrano cuya azotea queda ahora inmortalizada en una de las fotos que comparto en el anexo documental (documento 6).
  • Mi impresión es que Aída Barbagelata se abstuvo de intervenir cuando Marta Royo tuvo actitudes que me parecieron injustas. En segundo año (1967), Marta Royo me calificó con un promedio de 6, haciéndome pasar el examen recuperatorio en diciembre.
  • Antes de finalizar el Cuarto año, el martes 4 de noviembre de 1969, atacada por un cáncer desde julio, murió Renée, mi madre, la hermana de Isaías. Carlos, mi padre, y Susana, mi hermana, quedamos eternamente tristes.
  • Adriana Goldín, hija de una prima de Isaías y yo aprobamos el examen de ingreso a fines de 1965, ingresamos en marzo de 1966, al turno mañana. Adriana fue asignada a la Primera División y yo a la Tercera División.
  • El Golpe de Estado de junio, la intervención militar de la Universidad y la cesantía de Isaías a su cargo de profesor, también suceden entre marzo y diciembre de 1966.
  • En el veranito de 1967, en Buenos Aires, Isaías y Lía Schwartz se casan y se instalan en Estados Unidos, presentan doctorados de filología hispánica y se dedican a la docencia y a la investigación principalmente en Nueva York.

En esas escasas democráticas semanas del 66, tuvimos en la Tercera División una hora de clase con Isaías, que reemplazó a Marta Royo cuando alguien de su familia había fallecido. Al terminar la clase, Irene Goldenberg, sentada un par de filas a mi derecha me miró fijo y moviendo sus labios, sin pronunciar un sonido, dice “¿es tu tío?”. Que no haya dudas que todavía me acuerdo de los labios de Irene haciendo la “o” de tío.

Quisiera refrescar otro episodio de esa época. El 13 de agosto de 1966 se publicó en La Nación una solicitada firmada por “padres de alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires” que protestaban por la cesantía de la profesora Lía B. de Lerner (sin parentesco alguno con los Lerner de mi familia, Lía B. de Lerner era la responsable del Centro de Orientación Psicopedagógica que funcionaba en el Colegio). En la solicitada, dirigida al Rector de la Universidad, los y las firmantes expresaron su la solidaridad con aquel grupo de docentes del Colegio que había tratado de defender “elementales garantías constitucionales, como son la defensa en juicio, la estabilidad en el empleo público, condiciones dignas de labor, protección contra el despido arbitrario y la libertad de pensamiento indispensable a la condición docente, que por interesarnos a todos, como ciudadanos y como profesores, requieren una clara actitud para resguardo de los derechos humanos”.

Las madres y padres agregaron: “Elegimos libremente el Colegio Nacional de Buenos Aires para que nuestros hijos gozaran del máximo de garantías pedagógicas, científicas y humanas, para que su personalidad se formara sana, íntegra y moral. […] Vemos así peligrar la organización escolar, medio inexcusable para la educación de nuestros hijos y no podemos ocultar nuestra preocupación ante el destino incierto de magníficos adelantos y garantías de convivencia alcanzados en los últimos años”.

Por haber manifestado su oposición al despido arbitrario de una docente, el Vicerrector del Colegio, el profesor Felipe A. Mantero y diecisiete profesores/as más, fueron echados. Uno de los profesores cesanteados fue Isaías Lerner que había ganado por concurso un puesto de profesor de castellano. En otra nota de mi blog, presenté este episodio:  https://natanelkin.com/2023/03/20/cincuentenario-de-la-promocion-1971-la-protesta-contra-la-cesantia-de-los-docentes-de-1966-y-una-foto-circa-1959/

El Premio Juan Ángel Fraboschi

El 8 de agosto de 1972, al año siguiente de haber terminado el Colegio, recibí en el sexto piso del edificio donde vivía gozando de vistas exclusivas a la Estación y a la Plaza Once, una comunicación del Colegio informándome y felicitándome debido a que se me había acordado el premio “Juan Ángel Fraboschi”, correspondiente al año 1971, por el trabajo “El destierro de Ovidio a través de: las elegías del poeta (Tristes y Pónticas) y una novela del siglo XX (Vintilia Horia, “Dios nació en el exilio”)” (documento 1).

La comunicación agrega escuetamente que el jurado había tomado la decisión a la unanimidad.

Como dije al inicio, recién en abril de 2026, tuve acceso a la Resolución núm. 43, un documento confidencial, al menos hasta que lo reproduje en el documento 2 de esta nota: la Resolución núm. 43, de 8 de agosto de 1972, es decir, de la misma fecha en la que se me comunicó la decisión, da cuenta que el jurado se había reunido el 23 de diciembre de 1971. El jurado estaba compuesto por las profesoras Aída Barbagelata, Marta Royo y Sylvia Wendt y el profesor Gerardo H. Pagés.

La resolución del Rector del Colegio se debía comunicar al Rectorado de la Universidad y a la donante del premio, la señora Azucena A. Millán Méndez de Fraboschi.

Al redactar esta nota también me percato que había vivido en una profunda confusión: supuse que el premio honraba al profesor Fraboschi, el Vicerrector del turno tarde del Colegio o a algún pariente directamente vinculado con el Vicerrector. Algo que indudablemente contribuyó a mi perplejidad fue que había ido a buscar la recompensa por la tarde. El premio lo recibí de las propias manos del profesor Fraboschi, en la intimidad del rectorado, quien me entregó una cajita donde se encontraba la medallita dorada que yo supuse, de oro.

La medalla la había considerado perdida en mis traslados, hasta que, en la canicular tarde del domingo 14 de junio de 2026, Françoise me dio nuevamente la medalla en la misma pieza del mismo departamento en el que nos encontramos, en Paris, en noviembre de 1976. La medalla supo preservarse durante mis mudanzas, hasta que un día en Ginebra, según parece, le pedí a Françoise que guarde ese objeto que podía ser valioso, y así fue como reapareció oportunamente en Paris.

Agradecimiento a Azucena Alicia Millán Méndez, la donante del Premio

Quisiera dejar constancia de mi tardío, aunque sincero, agradecimiento a la donante del premio, Azucena Alicia Millán Méndez de Fraboschi.

Juan Ángel Fraboschi fue un abogado egresado de la UBA que presidió el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras (CEFyL), al inicio del Movimiento Reformista. Juan Ángel Fraboschi, en su Discurso de asunción como presidente del Centro, publicado en 1929, sostuvo sin temor a que la historia no le daría nunca la razón que “la Reforma Universitaria cumple en verdad sus fines cuando supedita las cuestiones meramente políticas y electorales a los bien entendidos intereses de la alta cultura” [Discurso de asunción, Verbum. Revista del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras, n.º 72 (1929): 118-121]. De todos modos, al fallecer su hija, la medievalista Azucena Adelina Fraboschi (1942-2014), una publicación de la Universidad Católica Argentina destacó que eran “sus padres el eximio latinista Juan Ángel Fraboschi, de largo y fecundo magisterio en la Universidad de Buenos Aires, y la Dra. Azucena Alicia Millán Méndez, notable historiadora de la antigüedad grecolatina y especialista en la obra de Cicerón” [In memoriam: Azucena Adelina Fraboschi (1942-2014), Stylos, n.º 23 (2014): 13].

¿Qué recordaba del premio? 

El día del concurso, recuerdo que, en la Biblioteca del Colegio, me había encontrado con Marta Royo parada al lado de un bolillero. Me parece que yo saqué una bolilla y salió el número que correspondía al tema que más me interesaba desarrollar.

Los temas se habían conocido antes, aunque no me acuerdo cómo habían circulado entre el alumnado. Descarto que Marta Royo haya volanteado el anuncio del concurso con los tres temas para atraer alumnas y alumnos a la competición de literatura latina comparada.

El tema que más me gustaba era el que tenía que ver con las penas de Ovidio en el exilio, dado que me acercaba a nuestras propias penas por el exilio de Isaías. Se trataba de comparar los escritos de Ovidio y la novela reciente de un autor francés o de origen rumano.

Hasta que gané una beca que me permitió viajar a Lovaina para estudiar derecho europeo, en agosto de 1976, no tenía ni idea de dónde quedaba Rumania. Por lo pesado que se había puesto Ovidio con Augusto, sin duda que lo habían alejado mucho de Roma, relegándolo a una zona a la que había llegado luego de haber atravesado Italia y hecho trayectos en barco.

Para un porteño privilegiado, Augustus era un lugar céntrico que quedaba sobre Florida y Rumania era un lugar remoto. Mi primer recuerdo de Augustus es que, luego de haberme cortado el pelo en Harrods, Mamá nos llevaba a la confitería que mantiene intacta la memoria del Emperador. También con Isaías había ido a Augustus, en las cercanías de la Facultad de Letras. Para compensar las masitas, volvíamos caminando desde Florida y Viamonte hasta Callao y Corrientes.

Aunque una relación mía con Rumania fue apareciendo lentamente, algo después del concurso Fraboschi. Luego del fallecimiento de mi madre Renée, en noviembre de 1969, pasado un prudencial período, Carlos, mi padre, inició una relación fuerte con Mella, una señora nativa de Rumania. En circunstancias particularmente difíciles, Mella había sobrevivido a las persecuciones antisemitas del régimen rumano. Después de la guerra, Mella había logrado llegar a Israel donde se encontró con un cordobés que le propuso instalarse en Córdoba. Al morir el Cordobés, Mella probó suerte en Buenos Aires y con su empeño y creatividad logró prosperar con un taller de confección de ropa femenina, en el Once. Sin embargo, pese a sus orígenes rumanos, al menos conmigo, Mella no conversó nunca sobre Ovidio.

Algo que también hubiese podido tener una relación con Ovidio ocurrió en la colina Capitolina, el soleado 25 de mayo de 1978, a las Once de la mañana, cuando me casé con Claudia. Sin embargo, los excelentes consejos para ser feliz con una mujer que Ovidio propuso en sus libros no funcionaron en esa relación.

Por su parte, Ariel y Javier, los varones que nacieron de ese casamiento, superaron los trances del divorcio y se desarrollaron felices y contentos. Aunque tampoco me entero de cuánto Ariel y Javier han leído a Ovidio, han nacido tres nietos del matrimonio de Morel y Javier, en una ceremonia bendecida por tres rabinos, en un inolvidable atardecer sobre una colina de Roma.

En síntesis, hasta que recuperé los documentos que había en mi legajo del Colegio, aunque hice muchos paseos por Roma, me olvidé completamente de Ovidio. Tampoco tuve demasiada curiosidad de enterarme quién había sido ese autor que me había tocado leer.

Las resoluciones rectorales

La Resolución núm. 43 de 8 de agosto de 1972 (ver el VISTO del documento 2) dice que el jurado había sido designado por la Resolución núm. 54 del 1 de agosto de 1971, es decir que, en las pocas semanas que corren entre el 8 de agosto y mediados de septiembre de 1971, el equipo de profesoras y un profesor de latín, junto con las autoridades del Colegio, convocaron al certamen, designaron al jurado, eligieron los temas y organizaron la prueba escrita.

El jurado se reunió el 23 de diciembre de 1971 para deliberar y proclamar vencedor a Natan Elkin. A diferencia de la rápida organización, transcurrieron nueve meses hasta que el ganador recibió la noticia, en una comunicación del 8 de agosto de 1972. Una carta del Colegio al Once se demoró tres meses más que las epístolas que se enviaban entre Roma y el lugar dónde se había exilado Ovidio, si se tienen en cuenta los datos precisos sobre los correos romanos disponibles en la excelente obra de M. P. Charlesworth, “Les routes et le trafic commercial dans l´Empire romain”, primera edición de 1924, no consultada.

Los temas del concurso: Ovidio, Plauto, Virgilio

En mayo de 2026, coordinamos con Bettina el envío a Ginebra del gran archivo que guardaba mis cartas que yo comencé a releer y analizar. De las cartas que Isaías dejó perfectamente ordenadas por orden cronológico, separé aquellas que correspondían al año 1971.

De la revisión de mi correspondencia, surge que algunos eventos provocaban un impulso irresistible para escribir una carta al tío: si pasaba un examen, si estábamos en las vísperas de una festividad judía, si alguien de la familia cumplía años; yo sentía un impulso que me provocaba escribir una carta al tío. El éxito en un examen tenía que ver con los comentarios que le hacía a Isaías antes de la prueba. Se agregaba un párrafo a la carta donde anunciaba las notas obtenidas o daba mis pronósticos sobre los resultados.

Así las cosas, en una hoja escrita el viernes 17 de septiembre de 1971, encontré el párrafo especial dedicado al premio Fraboschi (documento 3). El examen debía haber ocurrido antes del viernes, pero durante esa semana de septiembre de 1971.

El párrafo especial establece una relación entre tres profesoras del jurado y sus temas.  Quienes lean esta nota pueden abstenerse de compulsar el texto manuscrito (documento 3) y referirse a la versión restaurada del párrafo con los corchetes que impuso la censura que, según parece, la policía de Augusto, le aplicó al propio Ovidio:

… debo explicarles que me presenté al Concurso Frabo […] Los temas eran tres: el propuesto por Aída: “los deportes en la época de Virgilio (versos 103:600 del canto V de Eneida); el de Sylvia Wendt: Plauto y Scapin (…) y el de Marta: «Tristes y Pónticas con Vintila Horia». Rogué a los ados  y a los Penates para poder escribir el de Ovidio y el Todopoderoso así lo quiso. Escribí cinco hojas oficio, durante tres horas enteras: la terminé: “el exiliado paga un precio muy alto, por darse el lujo de mantener intacta su personalidad”. Tiro por elevatio y oración a tu memoria; es decir: vuestras.

Me imagino que me lo adjudicarán, porque fui el único que se presentó.

ChatGPT confirmó que la página deportiva de la Eneida se encuentra en el canto V y corrigió los números de los versos que yo había garabateado en la carta. También acerté el autor romano y la obra de Molière. En aquel entonces, mi memoria funcionaba sin IA.

Probablemente yo había tomado prestado un ejemplar de la edición de Tristes que había en la Biblioteca del Colegio. En todo caso, al decir a Isaías que había implorado “a los hados y a los Penates” pareciera que copié un verso del Libro IV, 8 de Tristes: Et paruam celebrare domum uetersque Penates.

Sin embargo, ChatGPT sugiere que hubiese sido “más estricto” traducir “a los Lares y a los Penates”, lares representa al hogar y los Penates, los cachivaches, además de una divinidad.

Por su parte, el Diccionario de la Real Academia acepta el término “oración” en el sentido utilizado en mi párrafo manuscrito: una oración es también un razonamiento pronunciado en público a fin de persuadir a los oyentes o mover su ánimo.  

En el documento 4 reproduzco la hoja mecanografiada en la que había copiado la Elegía 7 del Libro IV de Tristes. Ese poema tenía solamente 26 versos, lo que permitía un ejercicio dactilográfico a mi alcance. Además, desde las primeras líneas, esa elegía alcanzaba el efecto deseado sobre mis tíos: Tempore tam longo cur non tua dextera uersus/Quamlibet in paucos oficiosa fuit?.

En el documento 5 agrego la versión en francés de la Elegía 7 publicada en la colección Les Belles Lettres (la colección de tapas roja) cuyos últimos versos se leen así: “Et pendant si longtemps pourquoi ta main n-a-t-elle été assez obligeante pour m´écrire quelques lignes ?”.

Me parece que hay un furcio en el último verso de la traducción: Mille tamen causas scribendo uince frequenter, Excusem ne te Semper, amice, mihi! – y se lee así: “De ces mille raisons triomphe pourtant en écrivant souvent, pour que ne doive pas toujours t´excuser». El traductor omitió una palabra clave, «amice».

En la elegia mecanografiada, en ese último verso, reemplacé “amice” con “avuncule”.  En el texto mecanografiado, el mérito queda para al poeta – fecit mea carmina Ovidii y la firma, Bajur, la palabra en hebreo que se usa para decir “muchacho” que la familia utilizó desde mi nacimiento, y Patricia, mi dilecta compañera de la Tercera División, sigue llamándome así.

En el texto oficial de la elegía, a diferencia de la versión mecanografiado, no figura Tomis. Tomis fue el nombre en la Antigüedad del puerto actualmente rumano sobre el Mar Negro que se lo conoce en español como Constanza. El viernes 29 de mayo de 2026, el día que redacté la primera versión de estas líneas, el Consul General de Rusia en el puerto de Constanza, fue declarado persona non grata y expulsado de Rumania, decisión del Gobierno rumano luego de que un dron ruso destruyó un inmueble en Galați, en Rumania.

Volviendo al Once, los días previos al certamen, coincidían con el Año Nuevo judío. En la versión mecanografiada aparece la fecha de 4 de Elul, el último mes del año hebreo. El Año Nuevo Hebreo comenzaba ese fin de semana de septiembre de 1971. La elegía fue mecanografiada antes del viernes 17 de septiembre.

Con ese ejercicio de mecanografía latina busqué rezongar como Ovidio para obtener noticias de mis tíos, avúnculos.

El impacto del premio: mantener intacta la personalidad del exiliado

Mi satisfacción por haber ganado el premio consistió en que el jurado haya aceptado el concepto de que cuando una persona se exilia, paga un precio muy alto por darse el lujo de mantener intacta su personalidad. El exilio que nos afligía era el de Isaías, cesanteado del Colegio, obligado a instalarse en los Estados Unidos.

Que me fuera atribuido ese premio, en literatura latina comparada, una de las materias en las que Isaías y Lía se habían destacado, reforzó y mantiene ese sentimiento de victoria. Una victoria ante las profesoras y el profesor que, al menos en lo que yo comprendía en ese momento, no se habían solidarizado con los docentes cesanteados por la intervención militar de la Universidad.

Ver que Isaías y Lía se habían ido del país fue decisivo para que yo también opte por continuar mis estudios en Bélgica, defienda una tesis de doctorado en Lovaina y obtenga un puesto en la Oficina Internacional del Trabajo.

Los estudios que empecé en el Colegio y prosiguieron en la Universidad de Buenos Aires y de Lovaina tuvieron también un impacto en Ariel y Javier, quienes, en las universidades británicas, obtuvieron diplomas de excelencia y prosiguen sus destinos profesionales en un mundo complicado.

Elementos positivos y dos carencias de mi trabajo

El artículo 1 de la Resolución núm. 43 (documento 2) enumera seis elementos positivos que concurrieron a premiar mi trabajo:

  • buena organización personal del tema;
  • adecuada confrontación;
  • originalidad en el sentimiento de la obra ovidiana;
  • comparaciones exactas;
  • trabajo sobre las obras en forma concreta;
  • integración temático-bibliográfica.

También señala dos carencias:

  • impropiedad de vocablos;
  • dificultades y errores sintácticos.

Dudo que, en diciembre de 1971, al redactar estas consideraciones, el jurado haya imaginado que yo algún día me enteraría del contenido. Conste que estas observaciones de un jurado tan distinguido me enorgullecen todavía hoy.

Yo, premio Frabo71 en un examen de derecho penal

Mi actitud compulsiva de escribir antes y después de los exámenes aparece en una carta del 12 de diciembre de 1972, al comentar la manera en que aprobé un examen de derecho penal (documento 6):

Hoy es 12 (de diciembre de 1972).

Me dijeron que elija tema y yo, yo mismo elegí el que menos sabía. (Extorsión). Cuando estaban por darme los Santos Sacramentos me dicen para re-cagarme: “res…” y yo, premio Frabo 71’, empecé a lanzar latinazgo tras latinazgo: vis absoluta; [ilegible]; coactus voluit, sed tamen voluit. Y luego, cuando ya tenía el 4, me piden que defina “peculado”, et ego in clara voce dixerit: Juntum (¿?) res publicae.

[…]

6 (bueno).

C´est tout.

Y fue todo lo que quedó consignado, hasta redactar esta nota, sobre el premio Fraboschi.

Isaías me había advertido que las frases latinas que se usaban en derecho se habían elaborado en la Edad Media. En mi carrera profesional, los y las juristas anglosajones fueron progresivamente ocupando todos los recovecos posibles de los puestos disponibles en la OIT. A mi gran sorpresa, observé que los anglosajones parecían entender el latín y eran capaces de decir frases de una inaudita belleza en latín, aunque la más bonita es «Justice delayed is justice denied», como escribió William E. Gladstone en 1868. Aunque usar el latín en lugar del inglés – “Iustitia dilata est iustitia negata” – suena más culto.

La novela del siglo XX

El tema del concurso había sido: “El destierro de Ovidio a través de: las elegías del poeta (Tristes y Pónticas) y una novela del siglo XX (Vintilia Horia, “Dios nació en el exilio”)”. Al comentar el examen, le recordé a Isaías los otros dos temas, y dije que ese tema lo había elegido Marta Royo resumiendo el título de los libros de Ovidio y el nombre del autor de la novela: “Tristes y Pónticas con Vintila Horia”.

Para preparar el examen, había tenido entre mis manos un libro de tapas celestes, de la colección Austral, de la editorial Espasa-Calpe, publicado tres años antes del examen, en 1968, traducido del francés al español. Al igual que el original en francés, el libro en castellano contenía un prefacio, firmado por Daniel-Rops, de la Academia francesa.

Seguramente un ejemplar del libro se encontraba en la Biblioteca del Colegio, me parece incluso que en la Biblioteca se habían apartado los libros que se necesitaban para preparar los tres temas del concurso.

Recién al organizar las informaciones para preparar este relato, descubro que, en 1960, ocho años antes de su publicación en castellano, Fayard había publicado una novela a la que se le atribuyó, el 22 de noviembre de 1960, el Premio Goncourt.

Los archivos de mi suscripción a Le Monde me ofrecieron una primera semblanza del autor, Vintila Horia. Horia « est un Roumain, qui a rompu tous liens avec son pays en 1940 et a vécu exilé en Italie d’abord de 1940 à 1946, en Argentine jusqu’en 1953 et à Madrid jusqu’en 1960. Il vient d’arriver à Paris, où il a l’intention de se fixer, réalisant ainsi un rêve de toujours. Cette vie errante a donné à M. Vintila Horia, qui a fait à Budapest des études juridiques et littéraires, la faculté rare d’écrire directement en trois langues : la sienne, l’espagnol, dans lequel il a publié des essais durant son séjour à Madrid, et le français, qui est pour lui une vieille connaissance. Sa famille le pratiquait parfaitement et il le parlait lui-même dès l’âge de sept ans » (ver el artículo en este enlace).

La nota de Le Monde anunciando el ganador del Goncourt, se remite a una precedente nota firmada por una de las grandes plumas del diario, Emile Henriot. Emile Henriot, de la Academia francesa, en la edición de Le Monde del 1 de junio de 1960, observó que el libro de Horia tenía un prestigioso antecedente en las “Memorias de Hadriano” de Marguerite Yourcenar. Emile Henriot agrega seis sabrosos párrafos dedicados a comentar elogiosamente el libro de Horia, ver el artículo en este enlace.

Marguerite Yourcenar nunca recibió un Goncourt y recién fue electa en la Academia francesa en 1980, sin perjuicio de los elogios que seguramente se publicaron en Le Monde sobre la obra de Yourcenar.

En todo caso, pese a la gloria que merece en Francia cualquier ser humano que opta por escribir en francés, aunque su lengua materna no haya sido el francés, la novela no provocaba consensos. El talentoso autor algo ocultaba.

En L´Humanité, el órgano del Partido Comunista francés, André Wurmser, develó aquello que el autor había omitido decir de su pasado: «Pro-hitlérien antisémite: tel est le lauréat du Goncourt 1960”.

El 30 de noviembre, Le Monde publica un reportaje de Horia para contestar a las alegaciones de L´Humanité: «Je ne me rappelle pas ces articles-là. J’en ai écrit des centaines. Je me souviens de quelques-uns que j’ai écrits contre les nazis. Mais pas de ceux-là. Cela se passait il y a très longtemps. Je ne sais pas pourquoi on va chercher des choses si anciennes ».

Al anunciar el Goncourt, Le Monde había pasado por alto los vínculos que había tenido Horia con el régimen fascista rumano. Horia se había desempeñado en las Embajadas del Mariscal Antonescu en Roma y Viena, pese a lo se dice en la entrevista: “un Roumain, qui a rompu tous liens avec son pays en 1940 et a vécu exilé en Italie d’abord de 1940 à 1946”.

La gloria del Goncourt produce un buraco en la memoria del autor que le impedía recordar su colaboración activa como diplomático durante los años en que Rumania se había aliado con Alemania e Italia. Aunque su intelecto funcionaba lo suficiente bien como para escribir en francés y rescatar para la posteridad el exilio de Ovidio que Augusto había condenado a la relegación en las costas del Mar Negro.

Horia no se presentó en el restaurant parisino donde el jurado entrega el premio. En la lista de premiados por el Goncourt, sigue figurando la mención: 1960 – Vintila HORIA, Dieu est né en exil (Fayard), attribué, mais non décerné (atribuido, pero no conferido).

El año antes, 1959, el Goncourt fue otorgado a André Schwarz-Bart por Le Dernier des justes; poco antes, en 1955, a Roger Ikor por Les Eaux mêlées y, en 1956, a Romain Gary, por Les Racines du ciel. Obras y autores que han puesto en evidencia la valentía de quienes resistieron al nazismo y a sus aliados, el horror de la persecución a los judíos en Europa y la cobardía de la colaboración.

Con estos antecedentes, bien conocidos por el calificado cuerpo docente del Colegio Nacional de Buenos Aires ¿cómo es posible que hayan elegido el libro de Vintila Horia, “Dios nació en el exilio”; como tema para un concurso de literatura latina?

Yo no tenía acceso a fuentes de información que me hubiesen permitido conocer los términos de la polémica que habían rodeado a Horia y a esa novela.

Y pasados mis 72 años de edad, entre Ginebra y Paris, me impuse la carga de releer el libro de Vintilia Horia, la novela que había leído a los 17, en Buenos Aires.

Para facilitarme la redacción de esta nota, en abril de 2025, las “éditions Noir sur Blanc”, publicaron la obra de Horia en una colección dedicada a Vladimir Dimitirjeviç. La edición de 2025 prolonga la defensa de Horia, como refleja la nota de Thierry Wolton que los editores agregaron al final del libro.

Relectura de la novela

La novela logra hacer de Ovidio, el personaje y los textos que yo había estudiado en los cursos de latín del Colegio, un personaje simpático y atractivo. Las epístolas y las elegías son el método para resistir a la tiranía de Augusto. Su empeño de seguir escribiendo poesía hace que Ovidio resista a la tiranía.

La actitud de Ovidio le provoca la solidaridad de la población autóctona. En la novela, Ovidio coincide con el concepto que se me ocurrió en la escuela secundaria de que para mantener intacta su personalidad, una persona honesta paga el precio tan alto que significa el exilio.

Casi toda la novela me sigue inspirando lo que corresponde con los conocimientos del contexto histórico que tenía en ese momento: los pueblos administrados desde Roma, pese a la presencia de tropas represivas, lograban, en determinados períodos, cohabitar pacíficamente. La sociedad romana dominante aceptó, en ese período de Augustus que le tocó vivir a Ovidio, a las otras comunidades culturales. La integración intercomunitaria, entre comunidades romanas dominantes y comunidades avasalladas, contribuyó al desarrollo de la civilización.

Mis lecturas de la época me habían permitido saber que los griegos habían establecido puertos en el Mar Negro donde se instalaron también las poblaciones autóctonas. Las actividades económicas se desarrollaron gracias a la modernidad que provenía del Imperio romano. En otras partes del Mediterráneo, los fenicios y otros pueblos, habían precedido a los griegos y a los romanos, estableciendo puertos que luego prosperaban o debían ser destruidos, como Cartago. San Martín había cruzado los Andes a caballo y mucho antes Aníbal había cruzado los Alpes en elefante, lo que obviamente exaltaba la epopeya sanmartiniana.

Incluso en ese pequeño territorio que se denominaba Judea, los autóctonos evitaron mostrarse demasiado revoltosos en época de Ovidio.

Por lo tanto, lo que me sorprende ahora como entonces es que, al final del Quinto Año del exilio de Ovidio, en la novela, haya irrumpido un personaje, un médico con el nombre predestinado de Teodoro – obviamente griego – quien viaja a Palestina convocado para asistir a la natividad en Belen, una localidad a la que yo también había llegado caminando desde Jerusalem, al paso mío de aquella época, un sábado de enero de 1971.

En todo caso, lo sucedido en Belen, fue un evento de la suma importancia para el novelista ya que ese acontecimiento se impone en el título de la obra, Dios nació en el exilio.

Resumiendo, el autor escribió la novela para explicar el nacimiento y la expansión del cristianismo. Ovidio adhiere anticipadamente a la nueva religión que preconiza Teodoro. Algo que produce un movimiento de tal simpatía que anticipa que todo el Imperio romano aceptará el dogma cristiano, y, es bien sabido que, desde entonces, ese nacimiento, en Palestina, quedó asociado con la llegada de buenas noticias de todo cuanto sucede en Palestina.

Digo esto respetando las últimas palabras de Daniel-Rops, de la Academia francesa, quien en su prefacio refuerza el anuncio de la verdadera verdad: « A Bethléem de Judée, véritablement, “Dieu est né en exil ». » 

Las dudas sobre el autor 

Vintila Horia nació durante la Primera Guerra Mundial, en diciembre de 1915, en lo que sería, a partir de 1918, el Reino de Rumanía.

La Constitución de 1923 proclamó la igualdad de los ciudadanos sin distinción de religión. Sin embargo, a partir de 1938 las autoridades rumanas restringieron progresivamente los derechos civiles, económicos y profesionales de los judíos que no disponían de la nacionalidad rumana.

Bajo el régimen del mariscal Ion Antonescu (1940-1944), aliado de la Alemania nazi y de la Italia fascista, esta política antisemita desembocó en masacres, deportaciones y expoliaciones a gran escala.

A finales de la década de 1930, tras cursar estudios de Derecho y Letras, Horia se dedicó al periodismo y colaboró en diversas publicaciones nacionalistas y antisemitas de la derecha rumana, próximas al fascismo italiano.

En 1940, la diplomacia del régimen de Antonescu lo destina a la embajada de Rumanía en Roma y posteriormente fue nombrado agregado de prensa en la embajada rumana en Viena. Tras la caída del régimen de Antonescu, Horia se encontraba en Italia donde fue detenido por las autoridades alemanas. En 1945, al terminar la guerra, Horia fue liberado en una zona ocupada por las fuerzas británicas.

Horia no regresó a su país ocupado por la Unión Soviética, donde el 21 de febrero de 1946, el Tribunal del Pueblo de Bucarest lo condenó en rebeldía a cadena perpetua por haber contribuido, mediante sus actividades periodísticas y de propaganda, a la difusión de las ideas fascistas en Rumanía.

La condena de Horia se basó en la legislación rumana de abril de 1945, que permitía perseguir no sólo a los responsables directos de crímenes de guerra, sino también a periodistas e intelectuales que hubieran apoyado, mediante la propaganda, al régimen de Antonescu y a las corrientes fascistas y legionarias que lo respaldaban. El Informe final de la Comisión Internacional para el Estudio del Holocausto en Rumanía, presidida por Elie Wiesel y publicado en 2005, indica que esta extensión de la responsabilidad penal a la propaganda política no tenía un equivalente directo en los criterios utilizados en los procesos de Núremberg. Además, la legislación aplicada en Rumanía no sancionaba a un régimen en abstracto, sino a personas físicas consideradas responsables, por sus actos, escritos o actividades de propaganda, de haber contribuido al avance del fascismo o a los objetivos del régimen.

La Comisión Wiesel, al analizar el funcionamiento de los tribunales, identifica a Vintila Horia entre aquellos periodistas condenados en rebeldía por haberse implicado en las actividades de propaganda que apoyaron al régimen fascista (página 319 del informe de la Comisión Wiesel).

Tras pasar por Italia, Horia se estableció en Argentina. Según Daniel-Rops, de la Academia Francesa, en el prefacio de “Dios ha nacido en el exilio”, durante su estancia en Buenos Aires Horia «se ganaba la vida como un modesto escribiente de banco, mientras su esposa realizaba un trabajo agotador; en sus comienzos, sucesivamente empleado de hotel, reportero y cronista literario, conoció las largas e implacables angustias del exilio. Y fue de esa experiencia vital de donde extrajo la parte más pura y más esencial de su inspiración».

Algunas fuentes concuerdan en indicar que Horia residió en Buenos Aires entre 1946 y 1953, mientras que fuentes rumanas sostienen que permaneció hasta 1959 y que enseñó literatura rumana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

A diferencia de Ovidio que había sido relegado de Roma a Tomis por decisión del tirano Augusto; Horia abandonó Rumanía como consecuencia de las posiciones que había defendido durante la guerra. En octubre de 1960, cuando “Dios ha nacido en el exilio” obtuvo el Goncourt, su trayectoria era desconocida. La polémica estalló después de anunciarse el premio, cuando L’Humanité publicó extractos de sus escritos de la década de 1930 y recordó su colaboración con el régimen de Antonescu.

Al fracasar su intento de instalarse en Francia, Horia encontró en la España franquista la manera de mantener sus convicciones y desarrollar sus actividades de editor. Según parece, los primeros pasos de Carmen Balcells en la edición fueron en una editorial fundada por Horia.

La nota de Thierry Wolton que concluye la reedición del libro de Horia reproduce un texto de 1931 de Louis Aragon, “Prélude au temps des cerises”, como si la ceguera del estalinismo – en 1931 – justificaría la reimpresión del libro de Horia, en 2025.

Para terminar

Yo hubiese preferido no tener que enterarme de que esa novela que me permitió ganar un premio en el Colegio Nacional de Buenos Aires había servido para que su autor pretenda establecerse en Francia y así ocultar sus actividades fascistas durante la Segunda Guerra Mundial.

A las antípodas de Horia, mi modelo fue Jorge Semprún, al que le dediqué una nota en mi blog: https://natanelkin.com/2023/10/12/se-souvenir-de-leonide-marcel-rossel-dans-hommage-a-jorge-semprun-et-irene-chiot/.

A las antípodas de Horia, Semprún participó en la resistencia comunista, sobrevivió a Buchenwald, participó activamente en la lucha contra el franquismo y sigue siendo una de las grandes referencias de la literatura y del cine europeos. Curiosamente, Semprún – como Aragón – cometió una de esas elegías que se dedicaban a los líderes comunistas de la época, lo que no impidió que Semprún fuera el primer extranjero de la Academia Goncourt.

Quisiera pensar que, en 2026, yo soy todavía digno de una medalla de literatura latina comparada.

En todo caso, – lamentablemente – sigue la lucha contra las ideas fascistas y los fascistas.

Por la dignidad humana, contra el racismo y el antisemitismo – De pie, de pie, de pie contra el nazismo: https://natanelkin.com/2025/03/10/conmemoracion-en-varsovia-y-en-la-tablada-de-la-insurreccion-del-gueto-comentarios-de-un-nieto-del-presidente-de-la-amia/#V-Tsivia-Lubetkin-en-la-television-francesa-y-en-el-Luna-Park-con-el-Rabino-Kahane.

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